CAPÍTULO VII.
YO QUEMÉ EL EDIFICIO WINDSOR. FUE SIN QUERER.
-
¡Buenos días, ya es
finde en Madrid!, pero hoy no es un día cualquiera. Para los que hayáis estado
fuera del planeta os aconsejo que os levantéis y vayáis a verlo. ¡Ayer se
incendió el edificio Windsor! Ardió como una colilla...
Saqué un brazo bajo las mantas. Clic.
“Nadie habla de muertos, ni la tele, ni la radio. ¡Señor,
por favor, que no haya resultado nadie dañado! Haré lo que quieras, si hace
falta no saldré nunca de esta cama; o mejor aún, construiré una habitación de
plomo, bajo el mar, con un tubito por el que entre el aire y me tiren agua y
pan. Soy un peligro para los demás y para mí mismo.”
No sé cuanto tiempo pasé así. Quería estar eternamente quieto.
Una cabezadita de vez en cuando, algún giro de lado, y nada más. Lo único molesto
era mi pensamiento reiterado.
“Te pido que no haya personas afectadas...”
De nuevo un brazo explorador. Clic al botón rojo del mando.
-
... y en esta imagen
pueden apreciar la vista del edificio herido de muerte, que amenaza con caerse.
Pese a lo espectacular de la catástrofe continuamos sin tener noticias sobre la
existencia de heridos o fallecidos. Todo comenzaba aproximadamente a las once
de la noche del sábado...
Nuevo clic.
-
Qué cuernos quiere
decir “continuamos sin tener noticias”, ¿que las hay pero no les han llegado o
que no las hay por ahora?
Metí la cabeza al calor. Quizás esto era el purgatorio, o
alguna parada previa. Sí, seguramente me había muerto hacía tiempo.
Probablemente me llevó una ola paseando junto al Puerto Viejo de Algorta en un
día de tormenta, y tras ahogarme, mi espíritu pululaba por el mundo metiendo la
pata sin cesar.
“Resulta más creíble que mi vida real. ¡Treinta
plantas...! ¿Qué encaje penal tendrá quemar un edificio así? He reducido a
carbonilla algunos de los despachos de abogados más influyentes de España.
Pedirán la reinstauración de la pena de muerte.”
Hiperventilación. Cabeza afuera. Por el rabillo del ojo
veo la puerta del baño. La naturaleza no entiende de culpabilidades. Me vestí
con una sábana y pisé las baldosas frías. Había un señor mayor en el espejo. El
fantasma del Windsor.
“¡Vaya careto! ¿Más canas?”
Parte del flequillo me lo habían cortado a mordiscos.
“No pensar, sólo hacer.”
Frente al lavabo espuma y guillotina gratis. ¡Acción!
-
¡Áu!
Olor a lejía-shave. Su escozor me devolvió a la vida, y el
reflejo del traje colgado sobre la bañera terminó de espabilarme. Mi otra causa
pendiente.
“Los chinos... ¿Nadie ha venido a detenerme? Que raro.”
El estómago me interrumpió con un sonoro quejido.
-
Tu también estás
nervioso, ¿eh? Eso tiene solución. Sí, debo moverme, lo mejor será hacer como
los psicópatas, volver al lugar del crimen. Allí me informarán sobre los
posibles heridos, y tendría la opción de entregarme...
El traje olía a humo, y en algunas zonas el tostado le
había amarronado ligeramente su color. La camisa un poema, pero cerrando el único
botón superviviente en la chaqueta se tapaban algunos rastros. Los calcetines
negros disimulaban mis nuevos bajos del pantalón, que iban a juego con los
zapatos, resecos, casi de esparto. ¿La corbata? Ni rastro.
-
¿Qué tengo aquí?, tres
sobres. ¡Bienvenidos a su programa favorito! Don Paúl, abrimos el sobre número
uno y es..., ¡un taquito de euros para el viaje!; volved a mí queridos, os creía
perdidos. Sigamos..., sobre número dos... ¡la indemnización! Caramba, tiene
peso... ¿cuanto hay...? ¡La madre que parió al seguro! ¿están locos? Gracias
chicos.
La vida resultaba imprevisible.
-
¿Y el tercer sobre?
Apenas abultaba. Papel de calidad. Sentí temor al
rozarlo, era lo único que se había salvado del Windsor. Imaginaba su contenido.
La causa de la causa es causa del mal causado.
-
Será mejor ir a desayunar.
Un sitio libre en el comedor. El conserje-camarero me
recibió con desdén. Al decirle el número de habitación, debí pulsar algún
extraño mecanismo, pues me enseñó los dientes tanto como pudo y salió
escopeteado. Retornó junto con la directora del hotel.
-
Señor Fernández, me
alegro de verle.
-
Gracias, gracias.
Recogí ayer el sobre. Todo correcto.
-
Lo celebro. Si me
firma aquí por favor, es el recibo de lo abonado, para el seguro, ya sabe.
-
Sí, conforme.
-
Y recuerde que está
usted invitado.
-
Gracias de nuevo.
Se alejó con su justificante, y yo me centré en lo
importante. Competí con los niños en las torres de pastelitos y con los adultos
en el café y las tostadas. No me gusta perder ni al parchís. ¿También fruta?,
sí, pero sin abusar. Lo recomendado. Cinco piezas.
-
Bueno, llegó la
hora. Vamos a enfrentarnos a la realidad.
Atocha continuaba soleado y gélido.
“Estuve a punto de morir. Quizás mejor así, nadie habría
sabido nunca más de mí.”
Esperé en la parada. Mi digestión sonaba tal que un coche
viejo. Saqué el móvil. Tenía varios mensajes. Escuché el primero.
-
Hola hijo. Estamos
muy decepcionados. Anoche le colgaste el teléfono a tu madre. Esperamos que te
disculpes…
Colgué. El segundo mensaje, Amaia:
-
Hola. Suponía que me
odiabas, pero no pensaba que era tan hondo. Ayer me dijiste cosas horribles; “vete
a la mierda, más bajo no puedes caer, casi acabas conmigo...” Te pido perdón
por lo que te hice, y nunca más te molestaré.
“¿Se ha vuelto loca? ¿De qué habla? ¡Pues que te den
morcilla, mona, ya estoy vacunado contra ti! Veamos el tercero..., no es un
mensaje.”
Una lucecita azul parpadeaba.
“¿Quizás una llamada perdida?”
Llegó el autobús. Mi asiento libre. Los sin techo
aprovechaban el domingo para descansar. De pronto, a lo lejos, la escena.
-
Aún sale humo.
Un enorme fantasma resquebrajado agonizando bajo el sol. La
sombra de una tragedia descomunal, y yo la había provocado. En la última curva
el autobús apenas podía continuar entre tanta gente. Parecía una boda Real.
-
Señores viajeros, el
acceso a Fernández Villaverde está cortado. Deben ustedes bajar aquí.
Salté al público. Lo primero fue acercarme a una unidad
del Samur. Un deseo íntimo de no haber pecado, pero miedo a preguntar.
Adelante.
-
Perdonen señores,
¿puedo hacerles una pregunta?
-
Claro.
-
¿Se sabe
definitivamente si hay..., si hay heridos?
-
Al parecer no. El
que fuera sábado, unido a la hora en que se ha producido parece que ha creado
el milagro.
-
Desde luego que sí, es
un milagro, gracias.
Aquello parecía definitivo. Claro que nadie podía saber
con seguridad si dentro del edificio existía algún cadáver chamuscado. Pensaba
en los tres chicos.
“¿Habrán conseguido salir?”
Seguí andando. Muchos policías, muchas opciones para
entregarse. Me acerqué hasta un municipal, que informaba a un grupo de
personas.
-
... y mañana cierra
el Corte Inglés, así como algunos edificios colindantes como el de Seguros La Estrella, o el Edificio
Bronce.
Los presentes cacareaban.
-
¿Como?, yo trabajo
allí, ¿hasta cuando estará cerrado? Nadie me ha dicho nada.
-
Pues no sólo eso,
tampoco hay metro, por si se colapsa.
-
¿Que significa eso?
-
Pues..., creo que
quiere decir que se puede derrumbar.
Una mujer pidió la vez.
-
Perdonen, si me
permiten..., soy arquitecta. Efectivamente significa que se puede desmoronar,
es una palabra anglosajona, inglesa vamos. El peligro llega ahora, en el
proceso de enfriado de la estructura.
-
O sea, lo que ha
dicho el señor policía, que se va a ir a tomar por saco.
-
Pues sí.
-
Ya..., permítame
otra pregunta. ¿Cómo puede ser que un incendio que comienza por arriba se
extienda hacia abajo?
-
Es sencillo,
cualquier sistema de ventilación, aire acondicionado, etcétera puede ser una
autopista para el fuego si el edificio está en obras y no están sellados los
registros que corresponden a cada uno de esos servicios. Les recuerdo que lo
estaban reparando.
La señora había dado en el clavo.
“El falso techo del despacho habría sido un cortafuego,
pero su falta creó el efecto contrario, autopistas de aire para transportar llamas
de unas zonas del edificio a otras a través de los espacios sin tapa.”
Continué andando acercándome hacia el Windsor hasta el
límite de lo permitido. La luz lo atravesaba de un lado a otro, herido de
muerte. Intenté ahogar un gemido, pero no pude.
-
¡Qué barbaridad!
-
¿A que es un pasote?
Al girarme... ¡era Valen! ¡Junto a mí!, ¡vivito y
coleando! A duras penas conseguí no abrazarlo. Lo sentí como un hijo.
-
Hola chavalón, ¡no
sabes cómo me alegro de verte!
Permanecía quieto, como mirando el edificio, pero sin
verlo. Sus ojos arriba y a la derecha, recordando. Me habló sin convicción.
-
Se comenta que ha
sido un atentado, como el 11-S.
-
¿Atentado? ¿Quién
dice eso?
-
En Internet...; tiene
gracia, cuentan que anoche chocó una avioneta.
-
¿Una avioneta?
-
Sí, pero ya sabes, las
autoridades lo niegan; para que no cunda el pánico...
Me miró, y de pronto pareció despertar.
-
Paúl, llevas el
mismo corte de pelo que yo.
No pude resistir la tentación.
-
¿Vas a ir al Real
Madrid-Barça?
Mirada a la izquierda, creando, inventando...
-
¡Ja! ¡Sí! Ayer
conseguí unas entradas. Créeme, te aseguro que casi muero en el intento. Aún
están calentitas. ¿Te vendo una?
-
No gracias, me llegó
un sobre. Ya sabes, el despacho de Almudena. Piso veintiuno. Allá arriba.
-
Veintiuno, qué
casualidad. Dicen que comenzó allí.
-
¿Quién dice eso?
-
Pues todos; la tele,
en Internet...
Miró a los lados.
-
Verás, tengo una
información que vas a flipar. Mi cuñado trabaja en la tele...
-
Ah...
-
Y me ha dicho que
hay un vídeo del incendio...
-
¡AAh! ¿Vídeo?, ¿existe
un video? ¿Lo has visto? ¿Se distingue a quien lo hizo?
“Podía ver los titulares, <>. Mi cara de memo por siempre en Youtube, comiendo
chupitangas, fumando...”
-
No, que va, ¡se ve gente…!
-
¿Pero se reconocen sus
caras?
-
¡Que no! Sólo se ven
personas unas oficinas más abajo del fuego, en la planta quince. Parece que buscan
algo con linternas, mientras la parte superior arde. ¡No se habían enterado de
nada!
-
Entonces no se ve
quien lo hizo. ¡Buf!
De nuevo su mirada se perdía, esta vez hacia la derecha. Sin
duda recordaba.
-
Ha sido increíble. Nunca
habíamos...; había visto un edificio ardiendo, vamos..., quemado.
-
Yo tampoco Valen, yo
tampoco. ¿Si hubieras estado en ese incendio por donde habrías salido?
-
¡Por la puerta
principal! Eso sí, a toda pastilla, entre cascotes ardiendo. ¡Vamos, como en un
videojuego!
De golpe volvió a la realidad y cambió de tema.
-
Tío, ya sabrás que
el lunes no tenemos fiesta. ¡Manda huevos! Se quema el currelo y hay que ir a
trabajar. A ti también te habrán enviado un mensaje al móvil.
-
Pues ya lo miraré,
no sé.
-
¡Dejen paso, por
favor! Por favor, abran paso.
Protección Civil instalaba un puesto de mando, de
información, o algo similar; nueve o diez policías intentaban organizarlo.
Quizás era mi oportunidad.
-
Bueno Valen, te
tengo que dejar. Gracias por todo y cuídate.
-
Nos vemos. Y lava
esa ropa, apesta a humo.
-
Sí, lo sé. Pero no
se quita ni con la ducha. Tú hueles igual.
-
Bueno tío, te
dejo...
-
Sí, adiós.
Junto a mí construían el Olimpo de la autoridad. Los
había de todos los cuerpos; azul con fosforito, añil oscuro e incluso sabor a
menta.
“Ha llegado el momento, mejor no retrasarlo más. ¿A cual
de ellos se lo confieso?”
Impacto en tres, dos, uno...
-
Buenos días caballero. ¿Desea algo?
-
Sí, hmm, verán.
Quería decirles algo sobre el incendio.
Silencio. Todas las miradas fijas en mí. Diez pistolas.
Veinte ojos. ¡Concéntrate, leches!
-
Adelante. ¿Qué tiene
que decirnos?
-
Pues, es que tengo
información sobre quién hizo eso.
Ni se inmutaban.
“¿Me habré explicado mal?”
-
Verán, es difícil
empezar... Se trata del incendio, del Windsor. Tengo una información importante
que comunicarles.
“¡Eeeeooo, estoy aquí! ¿Quizás excesivos destinatarios?
Sí, diez es un número ideal para contarles un chiste, pero no con objeto de llevar
a cabo una confesión.”
Debía reducir la cantidad de receptores, centrar mi
atención en alguno. Había una mujer policía. Avancé un paso hacia ella. Me miró
a los ojos.
-
No se preocupe señor.
Seguro que adivino lo que nos quiere decir...
Sus compañeros sonreían. Yo en el fotomatón.
-
¿Perdón? ¿Sí?,
esto... ¿Cómo?
-
Fue usted quién
provocó anoche el fuego en el edificio Windsor, ¿no es así?
“¡Sorpresón! Una sola mirada había bastado. Mujer sagaz,
observadora donde las haya; mi triste silueta, el pelo quemado, la camisa, el
traje...”
La reina demandaba contestación. Simplemente asentí. Ella
cerró los ojos, condescendiente, y se acercó aún más. El resto comenzaba a
reír, disimuladamente.
-
Pues entonces sabrá
que tengo que detenerle, ¿no?
Asentí de nuevo, pendiente de que me hiciera ensañarle el
lugar donde colocar sus esposas. ¡Qué borrachera de alivio y libertad! De
pronto gritó.
-
¿Por qué todos me
vienen a mí?
Los demás estallaron en carcajadas.
-
¡No nos haga perder el
tiempo, por favor!
-
¿Cómo?
-
¡Que es usted el
quinto chalado que viene con el cuento...!
Sus colegas ya no disimulaban. Mi actuación era todo un
éxito. El payaso del Windsor.
-
... y vamos a tener
que organizar un concurso de historias increíbles.
-
¡Pero oigan! ¡No es
ninguna broma!
Se desternillaban sin remedio.
-
¡Basta ya! ¡Quiero
hablar con algún mando ahora mismo!
Frase mágica. Silencio y rigor. La policía volvía a
serlo.
-
Caballero, ¿quiere
realmente hablar con un mando? Si es una denuncia falsa le informo que será
detenido.
-
¡Por supuesto que
deseo hablar con un mando!
Ahora sí que parecía un pirado. La mujer llamó por radio.
-
¿Señor Comisario?
Lamento molestarle..., sí, sí señor Comisario Li...; no, no, pero este señor
insiste. Parece un caso diferente. De acuerdo. A sus órdenes señor Comisario.
Había gastado el comodín de la llamada.
-
Viene de camino. Por
favor, espere junto a aquél edificio. No tardará más de dos minutos.
-
Gracias agente.
Me retiré hasta el muro de la humillación. Observación y
chismorreo. Risas. El Windsor parecía sonreír al fondo.
“Supongo que yo también me reiría. Quizás debiera irme...
Decidido, un minuto más y me largo. Han perdido su oportunidad.”
En torno a mí cada vez más gente. Madrid paseaba junto al
desastre en vez de hacer deporte o ir al Rastro. Sin duda el suceso había unido
a los madrileños, un acaecimiento extraordinario que comentaban todos con todos,
como en los pueblos pequeños. ¡Vivan las fiestas del Windsor!
-
¿Nos puede sacar una
foto, por favor?
Un matrimonio y sus tres hijos aguardaban sonrientes.
-
¿Una foto?, sí, como
no.
La familia se colocó muy juntita. El pequeño daba
órdenes.
-
Paaaaaaa-taaaaaaaa-taaaaaaaa.
Una estupendo encuadre; policía, ambulancias, curiosos,
el edificio, y al fondo ¿mi jefe chino? Clic.
-
Tome la cámara.
-
Gracias, muy amable.
¿Lo había visto pasar de verdad?
“¿Dónde está? Juraría que era él. Estaba ahí, en la acera
de los policías...”
Efectivamente. Entre la multitud distinguí de nuevo sus
inolvidables rasgos orientales. Le acompañaba otro tipo. Ambos vestían trajes
sin corbata, elegantes, de muy buena calidad.
“Los habrá cogido de la puertita roja.”
El traficante de humanos. Hacía siglos que pasó por mi
vida.
“Y ¡tócate las narices!, ahí le tienes, caminando tranquilamente
al solete con un amigo. Pues esto no queda así.”
Crucé la carretera y lo intercepté, a escasos cinco
metros la policía. ¿Contaba un chiste?
-
…Y entonces le dice,
¿Qué cuantas veces al día?, ¡Pues lo que pone en el prospecto!
Ambos reían a carcajadas.
-
¡Sabe español, encima
eso!, se va a enterar...
Mi ex jefe alzó la vista y se detuvo, sonriendo. Despidió
a su acompañante con un seco “hasta ahora”. Le miré fijamente. De cerca volvía
a asustar.
-
Hola.
Él devolvió la vista al cielo, con brazos en jarras,
resoplando un murmullo alargado que no comprendí. Después me miró con sus
párpados a media persiana, colocó las cejas oblicuas, y contestó.
-
Hola Paúl.
-
¿Sabes hablar
castellano, delincuente?
-
No me hagas reír.
¿Qué haces aquí? Creía que habías huido.
-
¿Yo?, ¿por qué debía
huir?
-
Por colaborar en un
taller clandestino, en una tapadera.
-
¡Pero yo no sabía
nada!
-
Hasta ahí ya llego,
hombre. Claro que no sabías nada. No sabías ni qué hacías allí. Tu eres
abogado, ¿no?, ¿que carajo hacías respondiendo a un anuncio cutre sobre un
trabajo estúpido?
-
Eso es cosa mía...
-
Pues no, no ha sido
una simple cosa tuya. Nos has complicado todo de una manera indescriptible.
Casi estropeas una operación que llevábamos años preparando.
-
¡Pues me alegro!, lo
que no entiendo es cómo has escapado.
Me miró fijamente, con expresión de... ¿incredulidad? ¿No
odio ni venganza?
-
¿No me has
entendido?, llevábamos años con la operación...
-
¿Tú tampoco me
escuchas a mí?, te he dicho que ojala os hubieran pillado a todos.
Ahora reía. ¿Todo el mundo tenía que pasarlo hoy bien a
mi costa?
-
Paúl, vamos a ver si
lo entiendes.
Me puso una mano en el hombro y me giró hacia los
policías. A continuación avanzó dos pasos hasta mi altura, y les miró. Todos se
cuadraron, saludando con un toque en la frente, y reconociendo su cargo.
-
Comisario Lí.
Correspondió a sus saludos y me dio de nuevo la vuelta.
Después me enseñó una placa de la policía nacional.
-
Supongo que no es de
las que se compran en los mercadillos, ¿no?
-
No, desde luego.
Cuesta mucho trabajo conseguirla.
-
¿Policía? ¿Un operativo? Entonces me
vigilasteis en la tienda.
-
Sí.
-
¡Oh, no!
¿Grabaciones?
-
En todo momento,
también cuando usabas la silla como cochecito, tus largas siestas... alegrabas
las horas de espera.
-
Prefiero olvidarlo. ¿Y
cómo no me habéis llamado a declarar?, ¿por qué no me lo contasteis todo?
-
¡Eres un capullito
inocente! Entiéndelo, tú nunca tenías que haber estado allí, sólo yo tenía que
haber contestado a esa oferta de empleo, y cuando lo hiciste pedimos a Bilbao
un informe sobre ti. ¡Cómo podíamos imaginar que vendrías a trabajar!
-
Pues es difícil de
explicar... Así que cuando entré en la tienda, sorpresa.
-
¿Sorpresa? ¡Me
preguntaba si estabas loco! ¿No eras abogado? ¿Qué coño pintabas allí? Nos
apareciste en mitad del operativo dispuesto a quedarte...
-
Claro...
-
¡Y no había manera
de que te largaras! Improvisé un sueldo ridículo, firmaste una hoja vieja que
de casualidad guardaba sobre la mesa...
-
¡Qué vergüenza!, no
me cuentes más...; la escenificación fue tan buena...
-
¡Ja!, pues díselo a los
de video-vigilancia, que estuvieron a punto de pegarte un tiro, ¡creían que
eras un ejecutor de la mafia china!, ¡pensaron que nos habían descubierto! Y yo
mientras diciendo chorradas. ¿Sabes que no sé hablar chino? ¡Coño, que soy de
Aranjuez!
-
Casi déjalo, ¿eh?
Voy a tomar un vasito de cicuta y ahora vuelvo.
-
No, espera, ya que
hemos empezado te interesará saber más.
-
Francamente no.
-
Sin parar de
molestar, toquiteabas el escaparate, y ¡abriste la puerta roja del taller!
Chaval, llegas a empujar la segunda puerta y te habrían salido todos los chinos
corriendo por encima...
-
¿Has terminado?
-
No, sólo un poco
más. Tengo que reconocerte que eres un hombre valiente.
-
¿Pues?
-
Vaya, que te
enviamos a un espécimen…
-
Eso, ¿Quién era el mafioso
vestido de negro?
-
El presidente de la
asociación china a ver si te acojonaba, un tipo estupendo por cierto, pero ni
por esas.
-
¿Tai-li yen?
-
Sí, el de negro. ¡Tú
estás un poco loco! Tengo el video en casa y se lo suelo enseñar a las visitas.
No les digo que es de broma hasta que acaba, y algunos se tapan los ojos. Aguantaste
como un campeón.
-
¡Como un gilipollas!
-
Bien, no he querido
ser tan claro, pero sí, como un auténtico irresponsable. ¿No entendiste el
mensaje?
-
Bueno..., era todo
tan increíble..., en fin, vamos a dejarlo por favor.
-
Y lo último lo
mejor.
-
¿Cual?
-
Pues que cuando nos
avisaron de que comenzaba la operación y te eché ¡no te ibas! ¡Qué tío más
pesado, tuve que sacarte a empujones!
-
Perdona por los
insultos.
-
Menos mal que te
fuiste, no paramos de reír. ¡Vetetúatomalpolflay!, ¡Qué bueno!
Debía ser todo cierto, pero mi cerebro iba más lento.
¿Qué era real en mi vida? Se puso serio, y continuó.
-
Paúl, que sepas que tu
presencia oficial no existe. Te hemos borrado de los registros.
-
¿Cómo?
-
Nunca debiste estar.
Francamente, tu existencia en la causa penal complicaba el papeleo para toda la
eternidad; te llamarían para prestar declaración, para el juicio, podrías
recibir amenazas, e incluso invalidar todas las pruebas.
-
Gracias.
-
No me las des, te
repito que no es exactamente por ti. Me juego la carrera haciéndolo, pero es
que nos has pifiado todas las cintas de video. Tampoco aportaban mucho... Por
cierto, te hicieron seguimientos diariamente pero siempre te perdían. Llegamos
a pensar que estabas metido en el ajo. ¿Siempre zigzagueas así por la calle?
-
Sí, como por la
vida.
-
¡Te evaporabas todos
los días! Por eso tuvimos que esconderte las bolsas, para quitarte de en medio
de una vez, ¡pero ni aún así! ¿Donde narices fuiste el sábado por la tarde? Te
siguieron para devolverte las cosas pero de nuevo desapareciste, como un mago
profesional.
Tocaba disimular. ¡Sábado a la noche! ¡El Windsor!
-
Sí..., ahí me
asusté. Fue una tontería huir.
-
Bueno, por cierto,
me han llamado porque eres otro de los chalados que sabe algo sobre el Windsor.
Teniendo en cuenta lo que ya te conozco, y que la policía te perdió en esa
misma zona ese día considero creíble tu historia. ¿Qué tienes que contarme?
Dependía sólo de mí. Una sola frase.
“¿Cómo confesárselo? ¿Abro la boca ahora y le suelto de
golpe una frasecita? Verá señor Lí, <>”
Continuaba mirándome a los ojos.
-
Paúl, ¿y?
Pensé en el Windsor y sonreí. La verdad estaba frente a
él, dentro de mi cerebro.
-
Verá señor Lí, ¿ha
leído la novela Crimen y Castigo?
-
Pues..., francamente
no.
-
Se la recomiendo.
Silencio. A mi espalda alguien debió requerirle. Miró,
asintió, y cambió el gesto.
-
Te darás cuenta de
que no puedes contar nada de esta conversación, ¿verdad?
-
Sin duda.
-
Pues entonces adiós,
Paúl.
-
Adiós señor Lí.
El sol mandaba en el cielo. Madrid de fiesta, y yo
comenzaba a sentirme libre. Puse los brazos en cruz, dejando que el rey del
cielo me quemara la cara.
-
Vine a Madrid para
renacer de mis cenizas. Pues comienza mi día uno. ¡Desde hoy me permito ser
libre! ¡Taxi!
-
Buenos días. ¿A
dónde?
-
Castellana abajo, ya
le diré.
El taxímetro estaba conectado. Costaba avanzar. No me
importaba. Sin prisa. Únicamente deseaba ir a comer.
-
Vaya tragedia, eh
señor. Todo parece apuntar a que se va a caer, ¡fíjese! parece que tiende un
poco hacia allí, ¿No? Es increíble que no haya heridos ni muertos.
-
Si. Realmente
increíble. Un alivio.
De pronto la voz me habló.
-
¡En el paso de
cebra!
Miré adelante. Mucha gente cruzando. De pronto la chica
del Corte Inglés.
-
¡Pare, por favor, espéreme
un momento!
Bajé rápidamente, y le toqué en el hombro.
-
Chica sin nombre, te
he encontrado.
Giró. ¿Triste? ¿Enfadada?
¿Ambas?
-
No volviste. Te
esperé.
-
Sí que volví, pero
no entré. Me llevaron, como te dije, pero te habría buscado otra vez.
Sus ojos chispearon.
-
Menuda pinta tienes.
-
Si quieres te lo
explico todo. Ven, sube conmigo al taxi.
-
¿Y por qué debiera
hacerlo?
-
Porque de lo
contrario vamos a arrepentirnos toda la vida…
-
¿Ah, si?
-
También porque te
invito a comer donde quieras…
-
Inténtalo otra vez.
-
Dame un respiro. No
se… ¿te gusta el fútbol?
Su cara se afiló. Contenía una sonrisilla picarona.
-
¡Así que a la
señorita le gusta el fútbol! Vaya, pues hay un tipo que puede invitarle a un
partido para el que no quedan entradas, y que se juega hoy en Madrid...
-
¿Tienes entradas?
-
No.
-
¿Pero no habías
dicho…?
-
Tengo dos pases Vip.
Mi móvil hizo ¡bip! Ambos reímos. El taxista hizo ¡pi!
Volvimos a reír.
-
¡Ya voy señor, un
momento! Bueno, pues nada, asiento preferente, bebida gratis; pero al parecer no
te interesa, una pena.
-
Sí me interesa tonto,
me apetece mucho ir contigo. Incluso te perdono por el plantón.
-
Pues vámonos.
-
De acuerdo, ¿pero no
lees el mensaje?
-
Echa un vistazo tú
si quieres. Yo prefiero mirarte a ti.
El taxista pitó una vez más.
-
¿Subes?
-
Sí. Dejar que mire
tu teléfono es un buen signo de confianza. Vamos.
Calle abajo presionaba las teclas de mi móvil con más
habilidad que yo.
-
Un mensaje. ¿Quién
es Fuelgrafics?
-
Mi nuevo trabajo, en
Madrid.
Su sonrisa era un placer.
-
Veamos, dice: “Su
entrevista de mañana lunes se traslada a la sede de la calle Andorra, 09:00” ¡Anda!,
yo vivo al lado.
Le miré embobado. Me dio la mano. Su piel era suave.
Seguía jugando con el teléfono.
-
Tienes un video. ¿Lo
abro? ¿No será alguna guarrada, eh?
-
Ábrelo, pero no sé
qué es.
Apretó el botón. En un principio no se veía nada, la
filmación se movía demasiado.
-
Sube el volumen.
-
“¿Pero esto que es? ¡Dios
mío!”.
Comenzaba a verse mejor, había luces rojas y zonas
oscuras.
-
“Tengo que hacer
algo”
Por fin la imagen se estabilizó. ¡Era el interior del
Windsor, cuando comenzaron las explosiones! ¡El teléfono metido en mi chaqueta
lo había grabado todo!
-
¿Puedes mirar cuánto
dura?
-
Sí, veamos, treinta
minutos.
Era tiempo suficiente para grabar absolutamente todo,
hasta mi salida del edificio.
-
¿Qué es?
-
Ahora te explico.
-
¿Dónde les dejo? Se
nos acaba la calle.
-
No importa, dénos
vueltas por Madrid.
-
¿Son turistas?,
haberlo dicho. Les puedo comentar la visita.
Ella me miraba sin comprender. Mientras el taxista nos
enseñaba Madrid vimos la grabación entera. Parecía una película de ciencia-ficción.
-
¿Puedes explicarme
qué es lo que acabamos de ver?
-
Pues veras, no te lo
vas a creer...
-
Hemos terminado la
carrera. ¿Dónde les dejo?
-
Aquí mismo, gracias.
Te lo voy a contar todo, “chica sin nombre”. Pero al menos, y a cambio, tendrás
que decirme cómo te llamas. ¿No crees?
-
Me llamo Pedro, ¿me
va a pagar de una vez?, ¿quiere que le haga factura?
-
Perdone, no,
gracias.
Bajamos y nos cogimos de las manos.
-
Te voy a decir cómo
me llamo.
Me susurró su nombre al oído. Su cercanía me produjo un
precioso escalofrío.
-
Idoia, yo quemé el
edificio Windsor, pero fue sin querer.